sábado, 1 de noviembre de 2008

Llueve sobre mojado

Mi vieja siempre dijo que el brazo me había quedado mal. Como soy media esquelética se notaba bastante una especie de bulto que el médico dijo era un callo.
¿Un callo interno? Uno no sabe y el turro del doctor me lo dijo con tanta naturalidad que le creí y me quedé tranquila. Pero el brazo me molestaba a morir.
Finalmente, placa radiográfica mediante, decidió que había que quebrarme nuevamente, operarme, poner bien los tornillos y dejarme el brazo bien de una vez por todas.
Por lo tanto la fractura, que no había sido expuesta y no me había dejado marcas, finalmente soldó pero me quedó la cicatriz de la cirugía en el brazo, sumada a la de los puntos en la cabeza. Hablando de esa, tomé coraje y me rapé para que el cabello me creciera parejo. Me prestaron una peluca, pero me picaba la cabeza una locura, así que me animé a andar rapada por la calle. Fue una experiencia nueva entre tantas experiencias nuevas.
En Diciembre mi novio, ahora ex, me vino con la historia de que necesitaba más espacio. Como no soy excesivamente celosa ni excesivamente invasiva me olió mal de entrada.
La relación estaba en una meseta desde hacía tiempo. Hubo tiempos mejores y tiempos peores, pero en ese momento estábamos en una calma chicha. El huracán llegó cuando me dijo que estaba saliendo con la contadora de la empresa desde hacía cinco meses, que estaba seguro de esa relación, que se veía mejor futuro con ella, que no quería que yo guardara un mal recuerdo de él y que no quería lastimarme.
La verdad es que no fue un baldazo de agua fría, fueron las cataratas del Niágara en cubitos. Me quedé sin saber qué decir mientras pensaba que iba a hacer ahora. Pisando los cuarenta, sola, media rota y sin trabajar.
Finalmente, el 17 de Diciembre me presenté a trabajar y le dije a mi patrón si había algo que pudiera hacer. Con su habitual simpatía me dijo que si con las dos manos no aportaba mucho, con una ya podía imaginarse. Me dijo que fuera el 2 de Enero y charlábamos.
Charlé mucho con mi vieja y con Mariana acerca de cómo me sentía. Después de haberlo pensado en frío, me di cuenta de que además de la traición y el desprecio, me dolió la pérdida de tiempo.
El orgullo se cura, el amor se olvida, pero el tiempo que perdí no lo recupero más. Y no es lo mismo perder seis años desde los 20 a los 26 que desde los 30 a los 36. La vida te va dando menos chances a medida que sos mayor.
No quiero terminar mi vida sola, bueno, mi vieja también está sola pero tuvo su oportunidad de ser feliz, armar una familia y -tal vez demasiadas veces- ser madre.
Yo también quiero mi oportunidad y me rehúso a creer que toda mi chance en la vida hayan sido un par de noviecitos y este último novio cobarde y mentiroso.
Me seguí juntando con los chicos algunos viernes y para fin de año cenamos todos juntos –invitó mi patrón- y la pasé re bien. Conocí a la esposa de mi patrón y a sus dos nenes, un varón y una nena. La mina es piolísima y muy bonita. No sé qué hace con ese flaco. Por ella me enteré que viven en la parte de atrás de la imprenta, que la casa y el taller son dos terrenos que se comunican por los fondos.
Después de la cena los chicos salieron cada uno con su plan, la única vieja amargada que se acostó temprano fui yo. Laura me invitó a salir con su hermana y un grupo de chicas, pero la verdad es que el alma me pesaba demasiado y no tenía ánimo más que para quedarme en casa, además de que eran todas pendejas.
El 2 me presenté a trabajar y una vez más el tener una obligación me hizo sentir que las cosas se encarrilaban.

lunes, 27 de octubre de 2008

Tras que éramos pocos...

Tardé más de un año en postear nuevamente.
No fue desidia, no fue depre, no fue consejo de nadie, ni siquiera fue voluntario.
Me pasaron mil cosas, no quiero competir con "el cuarteto de nos", pero por ahí le ando.
Ya voy a ir contando todo lo que viví en este tiempo.

Pero primero lo primero.

El 17 de Octubre del año pasado decidí trabajar en la imprenta en vez de ir al municipio.

Me decidieron dos cosas.

Una fue enterarme de la historia de mi patrón durante la crisis del 2001.

Otra fue que me crucé con el que sería mi jefe en la muni y me echó los galgos descaradamente. Es más me insinuó que si quería entrar primero debía encontrarme con él en “algún lado”. Le pedí disculpas y le dije que tenía que irme a vomitar ya mismo, por lo que calculo que mi ingreso al municipio quedó más lejos que nunca.

Como venía diciendo, el 17 le dije a mi patrón que si le parecía bien me quedaba a trabajar con ellos. Me dio el domicilio y teléfono de la contadora para que me contacte y le de lo que necesite y me dijo, con su acostumbrada buena onda, que esperaba que ninguno de los dos se arrepintiera de la decisión.

Salí de la oficina, fui a nuestra “cueva” -como le dicen los demás- y le conté a Laura lo que había pasado. Me abrazó y me dijo lo contenta que estaba. Me contó que todos los viernes se juntan en la imprenta a cenar algo. Que cada quien, si quiere, lleva a su novio, novia, pareja, amigovio, fatito o lo que tenga, y que se pone buenísimo. Que ella quería invitarme hacía un par de semanas, pero que Claudio le había dicho que no quería en las reuniones gente que no estuviera dentro de la empresa. Como el resto estaba de acuerdo con eso, ella no me había podido invitar, pero que el viernes 19 era mi primer cena oficial. Obviamente no había obligación de asistir, que era algo sin compromiso.

Le dije que iba a ir, pero esa tarde al salir del trabajo un flaco con una moto decidió ir por la vereda, en vez de usar la calle como los humanos civilizados, y me llevó puesta.

Salíamos charlando con Lorenzo, uno de los maquinistas, y al pasar por la puerta chica que está en el portón, gentilmente, me cedió el paso mientras que me decía que lo hacía no porque sea una dama sino porque él era un caballero. Me dí vuelta para contestarle algo mientras pasaba por la puerta y ahí ya no me acuerdo más.

Laura, que había salido antes me contó que vió al flaco de la moto y se dio vuelta para putearlo por usar la vereda. Alcanzó a ver cuando yo salía mirando hacia atrás y me levantó con una Guerrero 150, de esas onda chopper, haciéndome pasar sobre él para azotar el piso.

El flaco se cayó, se fracturó la pierna y abolló su moto, que en realidad no era de él sino robada.

Yo caí sobre mi costado izquierdo, me fisuré dos costillas, me golpeé la rodilla mal, muy mal, sufrí fractura expuesta de cúbito y me di tremendo golpe en la cabeza, con corte incluído.

Cuando me desperté estaba recién operada, con clavos en el brazo, un costado de la cabeza rapado para darme ocho puntos de sutura y dopada por los calmantes.

Seguro que alguien leyó “La zona muerta” de Stephen King. El protagonista tiene una vida ordenadita, conoce a una chica, salen una noche, la pasan bien y cuando el flaco vuelve en taxi, unos chicos corriendo picadas lo chocan de frente. Queda en coma, todo roto y cuando vuelve del coma se da cuenta que tiene poderes de clarividencia. Si les intriga léanla, no miren la película que es lastimosa.

Yo me sentí parecida por el hecho de que un imprudente se cruce en mi vida, que de por si no era muy ordenada pero iba pintando, para hacerme percha en un accidente. Pero no hubo clarividencia. Si dolor y rehabilitación.

Encima como el flaco había robado la moto no había juicio posible.

Mejor dicho, me explicaron que podía hacerle juicio a mi patrón o al dueño de la moto.

Pero mi patrón fue el que llamó a la ambulancia, el que –nuevamente- llevó las malas noticias a mi casa, y el que se hizo cargo de mi operación y medicamentos, ya que por contrato tenía una ART que puso mil trabas mientras yo necesitaba las cosas ya mismo y no dentro de una semana.

Me explicó el abogado que contra él el juicio no iba a prosperar porque estaba bajo la ART y mi situación blanqueada. Que iba a ser un perdedero de tiempo y dinero.

Tal vez yo sea medio idiota, pero no me dio para joderle la vida al dueño de la moto. Sea como sea me pareció que no tenía por qué pagar por algo que él no había hecho.

En síntesis, toda rota, enyesada y sin un peso.

De todos modos confirmé que la decisión de quedarme en la imprenta había sido buena.

Mi patrón me dijo que en lo que a él se refería yo ya estaba trabajando, que no me hiciera drama que el puesto seguía vacante para mí.

Mientras, sin que me entere le dio a mi vieja mi sueldo de tres meses y le encargó que no me diga nada. Lo mismo les dijo a mis compañeros, Laura me comentó que lo hacía para saber qué clase de mujer era yo.

Espero que ninguno de los dos se haya decepcionado.