Tardé más de un año en postear nuevamente.
No fue desidia, no fue depre, no fue consejo de nadie, ni siquiera fue voluntario.
Me pasaron mil cosas, no quiero competir con "el cuarteto de nos", pero por ahí le ando.
Ya voy a ir contando todo lo que viví en este tiempo.
Pero primero lo primero.
El 17 de Octubre del año pasado decidí trabajar en la imprenta en vez de ir al municipio.
Me decidieron dos cosas.
Una fue enterarme de la historia de mi patrón durante la crisis del 2001.
Otra fue que me crucé con el que sería mi jefe en la muni y me echó los galgos descaradamente. Es más me insinuó que si quería entrar primero debía encontrarme con él en “algún lado”. Le pedí disculpas y le dije que tenía que irme a vomitar ya mismo, por lo que calculo que mi ingreso al municipio quedó más lejos que nunca.
Como venía diciendo, el 17 le dije a mi patrón que si le parecía bien me quedaba a trabajar con ellos. Me dio el domicilio y teléfono de la contadora para que me contacte y le de lo que necesite y me dijo, con su acostumbrada buena onda, que esperaba que ninguno de los dos se arrepintiera de la decisión.
Salí de la oficina, fui a nuestra “cueva” -como le dicen los demás- y le conté a Laura lo que había pasado. Me abrazó y me dijo lo contenta que estaba. Me contó que todos los viernes se juntan en la imprenta a cenar algo. Que cada quien, si quiere, lleva a su novio, novia, pareja, amigovio, fatito o lo que tenga, y que se pone buenísimo. Que ella quería invitarme hacía un par de semanas, pero que Claudio le había dicho que no quería en las reuniones gente que no estuviera dentro de la empresa. Como el resto estaba de acuerdo con eso, ella no me había podido invitar, pero que el viernes 19 era mi primer cena oficial. Obviamente no había obligación de asistir, que era algo sin compromiso.
Le dije que iba a ir, pero esa tarde al salir del trabajo un flaco con una moto decidió ir por la vereda, en vez de usar la calle como los humanos civilizados, y me llevó puesta.
Salíamos charlando con Lorenzo, uno de los maquinistas, y al pasar por la puerta chica que está en el portón, gentilmente, me cedió el paso mientras que me decía que lo hacía no porque sea una dama sino porque él era un caballero. Me dí vuelta para contestarle algo mientras pasaba por la puerta y ahí ya no me acuerdo más.
Laura, que había salido antes me contó que vió al flaco de la moto y se dio vuelta para putearlo por usar la vereda. Alcanzó a ver cuando yo salía mirando hacia atrás y me levantó con una Guerrero 150, de esas onda chopper, haciéndome pasar sobre él para azotar el piso.
El flaco se cayó, se fracturó la pierna y abolló su moto, que en realidad no era de él sino robada.
Yo caí sobre mi costado izquierdo, me fisuré dos costillas, me golpeé la rodilla mal, muy mal, sufrí fractura expuesta de cúbito y me di tremendo golpe en la cabeza, con corte incluído.
Cuando me desperté estaba recién operada, con clavos en el brazo, un costado de la cabeza rapado para darme ocho puntos de sutura y dopada por los calmantes.
Seguro que alguien leyó “La zona muerta” de Stephen King. El protagonista tiene una vida ordenadita, conoce a una chica, salen una noche, la pasan bien y cuando el flaco vuelve en taxi, unos chicos corriendo picadas lo chocan de frente. Queda en coma, todo roto y cuando vuelve del coma se da cuenta que tiene poderes de clarividencia. Si les intriga léanla, no miren la película que es lastimosa.
Yo me sentí parecida por el hecho de que un imprudente se cruce en mi vida, que de por si no era muy ordenada pero iba pintando, para hacerme percha en un accidente. Pero no hubo clarividencia. Si dolor y rehabilitación.
Encima como el flaco había robado la moto no había juicio posible.
Mejor dicho, me explicaron que podía hacerle juicio a mi patrón o al dueño de la moto.
Pero mi patrón fue el que llamó a la ambulancia, el que –nuevamente- llevó las malas noticias a mi casa, y el que se hizo cargo de mi operación y medicamentos, ya que por contrato tenía una ART que puso mil trabas mientras yo necesitaba las cosas ya mismo y no dentro de una semana.
Me explicó el abogado que contra él el juicio no iba a prosperar porque estaba bajo la ART y mi situación blanqueada. Que iba a ser un perdedero de tiempo y dinero.
Tal vez yo sea medio idiota, pero no me dio para joderle la vida al dueño de la moto. Sea como sea me pareció que no tenía por qué pagar por algo que él no había hecho.
En síntesis, toda rota, enyesada y sin un peso.
De todos modos confirmé que la decisión de quedarme en la imprenta había sido buena.
Mi patrón me dijo que en lo que a él se refería yo ya estaba trabajando, que no me hiciera drama que el puesto seguía vacante para mí.
Mientras, sin que me entere le dio a mi vieja mi sueldo de tres meses y le encargó que no me diga nada. Lo mismo les dijo a mis compañeros, Laura me comentó que lo hacía para saber qué clase de mujer era yo.
Espero que ninguno de los dos se haya decepcionado.